Juan compró su primera vivienda cuando aún vivía solo. Era un piso rectangular, en un extremo, la suite con salida a un balcón que daba a la calle, en el otro extremo, la cocina abierta al comedor y a la sala, con otro balcón que ofrecía vistas despejadas.
Cada vez que Juan abría la puerta, la casa lo envolvía en calma. Era su refugio, su pausa, su lugar de reencuentro. Pero la vida, como la luz que entra por los balcones, cambia de dirección. Por motivos laborales, Juan debía ausentarse a otra comunidad. No quería vender. Decidió alquilar.
Juan entró al portal oficial del índice estatal. Tecleó la dirección, la antigüedad del edificio, los metros cuadrados. Esperó. Pero la pantalla no le ofreció ninguna cifra. “¿Por qué? ¿Y ahora qué hago?”, pensó. El índice estatal se había quedado en silencio.
Consultó. La vivienda estaba en una zona tensionada, sí. Esto lo tenía claro. Pero tenía 28m². Y no existía ningún contrato anterior de los últimos cinco años. El índice no aplicaba.
Juan respiró hondo. Podía fijar el precio que quisiera. Pero no lo infló.
Cuando la ley calla, es la ética la que debe hablar.